miércoles, 31 de agosto de 2011

El Presidente empecinado


Por casualidad encendí mi televisor justo al momento en que Felipe Calderón Hinojosa era entrevistado por Joaquín López Dóriga. Mi curiosidad por saber qué diría el Presidente en su canal de televisión favorito me hizo ponerle atención.

Me sorprendió el discurso del Presidente tan beligerante hacia los Estados Unidos. Coincido con él en que la industria armamentística americana está ávida de colocar sus productos entre el crimen organizado que opera en México y que el incontrolable consumo de drogas en Estados Unidos es igualmente una de las razones por las que la frontera mexicana es codiciada por los cárteles de droga para tratar de introducir sus productos a Estados Unidos.

Sin embargo, en el diagnóstico de Calderón, tal parecería que el hecho de que opere el crimen organizado en México, de forma tan violenta y con armamento tan sofisticado, tiene su causa –y su solución- en el vecino país. Y en eso el Presidente se equivoca, porque está siendo más priísta que el más recalcitrante de los tricolores. Su actitud y discurso recuerda los tiempos en que el régimen se legitimaba culpando al exterior. México era grande, rico, pero ellos, los gringos, no nos dejaban crecer, nos habían robado la mitad del territorio, se aprovechaban de su poderío económico y militar, nos habían invadido dos veces, habían ayudado a derrocar a Madero y conspiraban para que no creciéramos. Esa Historia Oficial (José Antonio Crespo dixit) aunque con matices de realidad, oculta en su trasfondo la responsabilidad del Estado mexicano en el acontecer de nuestra relación con los Estados Unidos.

Si los cárteles operan con una fuerza y violencia brutal en nuestro país y si están increíblemente armados, es también por la complacencia del Estado Mexicano, del cual Calderón es el Jefe. Es innegable que en México, si no estamos ante la presencia de un Estado fallido, mínimamente debemos decir que estamos en presencia de un Estado débil, corrupto hasta en el más mínimo de los actos de gobierno e incapaz de responder o prevenir los ataques del crimen organizado.

¿Quién debilitó al Estado? No sólo Calderón. Los regímenes priístas del último cuarto del siglo debilitaron al Estado mexicano, teniendo el cenit de ese debilitamiento (en su parte económica) en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Pero el hecho de que no sea sólo Calderón el culpable del debilitamiento del Estado en México, no quiere decir que su parte de culpa sea menor. Calderón ha jugado a la guerrita con una de las instituciones primordiales de cualquier Estado democrático fuerte, el ejército, y lo ha usado en funciones para las cuales no está capacitado. Calderón ha apostado al fortalecimiento de presencia militar en la frontera para aminorar los riesgos de la operación de los cárteles de drogas y es claro que esa estrategia ha fallado.

Ante ello, parece vacío ese llamamiento a la unidad que hace el Presidente, porque no dice en torno a qué quiere la unión, si en torno a mejorar las condiciones de vida en el país o en torno a su política de seguridad pública. Por supuesto que abrumadora mayoría de mexicanos estamos de acuerdo en unirnos para salvar al país del narcotráfico (y de la clase política que sangra una y otra vez al erario público) y mejorar nuestra calidad de vida. Pero si la unidad que quiere Calderón significa adherirse a su estrategia militar, hoy es claro que la mayoría no está de acuerdo en que con más soldados en la calle (sin preparación y peor armados que el crimen organizado) se podrá ganar una guerra que comenzó mal y continúa peor.

El Presidente se aferra a su guerra y a su estrategia. Le dijo a López Dóriga que está dispuesto a revisar su estrategia, aunque probablemente le faltó completar la frase: “cuando termine el sexenio”.

El Presidente se ha empecinado.

jueves, 18 de agosto de 2011

El PRI y Medianoche en París

La reciente película de Woody Allen, Medianoche en París, versa sobre la añoranza del pasado. El protagonista sueña con encuentros con Hemingway, FitzGerald, Sartre, Monet y compañía, y con los años gloriosos del París de principios del siglo XX.

Lo paradójico, mostrado con maestría por Allen, es la misma añoranza que esos personajes sentían, en el París de los años 20`s del siglo pasado, por el París del siglo XIX.

Allen muestra la constante inconformidad de la sociedad con su presente, incapaz de admirar los logros que ha alcanzado o reconocer su capacidad para lograrlos.

Añorar el pasado, como el personaje de la película de Allen, es un arma de dos filos: por una parte, puede ser el reconocimiento a los méritos de otras épocas; por otra, un desprecio ante la capacidad de razonamiento de la sociedad, una minusvaloración de su memoria y de su capacidad de acción, y también puede ser usado como instrumento política para mostrar que lo anterior era bueno, cuando en realidad no lo era.

En México, hay ciertos grupos políticos que toman el mismo argumento de la añoranza del pasado para alabar el ayer como época gloriosa en la que, al menos, la paz reinaba en este país. Quieren hacer ver que el México del PRI (es el grupo al que me referiré) fue mejor que el México del siglo XXI.

Obviamente que esto es discutible, por dos cuestiones:

1. Porque nos están remitiendo a un tiempo en el que el disfrute de las libertades civiles no era efectivo en este país. ¿El México del PRI no era sangriento? Probablemente no era tan sangriento como el México de Calderón, pero eso no significa que fuese mejor. El México del PRI era una México de desapariciones forzadas de personas como constante, y en el que la represión contra grupos estudiantiles (`68 y `71) y la falta de competencia político-electoral fueron botones de muestra de la intolerancia de un gobierno que se resquebrajaba con el cambio generacional. Era un régimen autoritario.

2. Porque el pasado al que nos remiten es un pasado en el que ellos mismos, a partir de la llegada de los tecnócratas al poder, desmantelaron al Estado mexicano. Si hoy el Estado mexicano es débil –fallido, según algunos- es también por el PRI que cedió en su momento a los intereses privados (y extranjeros) que permitieron el debilitamiento de un Estado en dos aspectos principales: a) económicamente –lo que en sí fue un mal endémico de los Estados occidentales a partir de la crisis petrolera de 1973 y 1982; y b) también políticamente, porque permitieron la consolidación de partidos políticos que son principalmente aristocráticos, que no recogen las necesidades ciudadanas, que no encauzan las aspiraciones políticas de la ciudadanía y que, mucho menos, tienen la intención de construir un Estado fuerte que les impida repartirse como hienas un presupuesto por el que salivan como el famoso perro de Pavlov (No es que la consolidación de partidos sea el problema, pero la de estos partidos sí lo es)

Con esto no quiero defender a los gobiernos panistas y mucho menos quiero mostrar las bondades –de dudosa existencia- de los gobiernos de este siglo. Sólo quiero dejar patente que el argumento priísta es insostenible.

Todo mundo tiene derecho a votar y a elegir su opción política preferida. Me parece estupendo que haya quienes crean que el PRI lo es; que le voten porque crean que es el proyecto correcto para este país es más que defendible. Pero lo indefendible es que lo hagan por su pasado, y que lo quieran hacer ver como la mejor opción “por lo que fue”.

El personaje principal de la película de Allen sueña con tertulias con Hemingway, Fitzgerald, Picasso, Monet y Dalí. Podemos discutir seriamente si el París de los años veinte del siglo pasado fue glorioso. Decir que el PRI de antaño es la mejor opción para el México de ahora, suena macabro y cínico.