viernes, 28 de octubre de 2011

LA IZQUIERDA, EL INGENIERO Y KRAUZE


Este jueves Enrique Krauze fue entrevistado por Carme Aristegui sobre su nuevo libro, en el que el eje es una izquierda caudillista y su desarrollo en América Latina.

Además, comentó uno de los sucesos más importantes de la semana: la entrega de la Medalla Belisario Domínguez al Ingeniero Cárdenas. Me referiré, entonces, a la entrega de la Medalla y a la línea discursiva de Krauze.

El Ingeniero Cárdenas es el símbolo de la política mexicana del último cuarto de siglo. Es un hombre histórico. Su papel como fundador del partido de izquierda más importante en la vida democrática de México es indiscutible.

Cárdenas ha tenido aciertos y ha tenido, también, actitudes que le han valido críticas sustentadas. Pero, más allá de eso, el Ingeniero trata de ser congruente con sus ideales políticos. Fue uno de los perjudicados de la “caída del sistema”, pero sólo uno, porque, como él sostiene, finalmente todos lo fuimos.

Sostiene que la democracia electoral es hoy distinta –mejor, aunque no perfecta- que la que teníamos en 1988. En gran parte se lo debemos a él.

Cárdenas es símbolo porque si alguien representa el cambio, el paso, de un sistema autoritario como el priísta a un sistema democrático –con todo y sus problemas- ese personaje es el líder moral del PRD. Cárdenas supo unir a distintas fuerzas de izquierda frente a un enemigo común, el PRI, que encarnaba el retraso y el paradigma de antidemocracia.

Krauze hablaba en su entrevista con Aristegui del indudable merecimiento de Cárdenas para recibir la medalla Belisario Domínguez.

Pero el discurso de Krauze tiene, en el fondo, una crítica al Ingeniero.

Krauze afirma que él prefiere una “izquierda moderna” al estilo de Lula en Brasil. Una izquierda, se entiende, que no sea una izquierda que busque un “redentor” (y el historiador piensa que Andrés Manuel López Obrador lo es)

Lo reprochable es que Krauze nunca sostiene de manera clara en qué consiste esa izquierda. Se entiende que quiere una izquierda plural, abierta, una izquierda que tenga interlocución con distintos grupos, que no excluya, que no busque un “Mesías tropical” (sobrenombre que Krauze le endilga a AMLO)

Es obvio que Krauze apuesta por una izquierda basada en un liberalismo social. Obviamente, por más que sostenga lo contrario, es muy difícil encasillar a esa posición como una posición de izquierda. Sostiene que es un antipriísta de cepa, que enfrentó al sistema, que fue “oposición” en el régimen de Salinas y que Octavio Paz (su mentor y guía) coqueteaba con el PRI porque creía que el sistema podía cambiar desde dentro) Pero se equivocó. Todo ello, no obstante, no significa (por sí solo) ser de izquierda, aunque el historiador lo confunda.

En pocas palabras, a Krauze le gusta una izquierda utilitarista. Por supuesto, hay quienes no comparten su opinión.

Paradójicamente, la crítica de Krauze encasilla a aquellos que no creemos en su modelo de izquierda, en personas que deseamos un redentor de izquierda que “salve al país”. Krauze cae en uno de los errores que algunos critican a López Obrador, cuando afirma (el tabasqueño) que quien no está con él es parte de la mafia del poder. En la lógica de Krauze, quienes no comparten su visión de izquierda, es porque buscan al “mesías” de izquierda (descarta otras opciones en las que muchos nos incluiríamos). Digo paradójico porque esa visión está basada en la dualidad amigo-enemigo, cuyo máximo exponente fue Carl Schmitt. Curiosamente es una doctrina empleada por el neoconservadurismo (la visión política del neoliberalismo). Es decir, la crítica de Krauze a la gente de izquierda que está fuera de su modelo de “izquierda moderna”, se encuentra basada en una doctrina conservadora, de derecha.

Krauze podrá dirigirse al lector de izquierda (dice que esa es su intención), pero eso dista mucho de que lo convenza y dista, aún más, de que su discurso, por el solo hecho de dirigirse a la izquierda, sea verdaderamente de izquierda.

En eso, su distancia respecto del Ingeniero Cárdenas es enorme. Por más que ambos se asuman de izquierda. A Cárdenas los hechos le respaldan; a Krauze le condenan.

miércoles, 5 de octubre de 2011

La Corte. Época de Vaivenes

El lunes pasado finalizó una de las etapas más importantes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La novena época llegó a su fin y con ella el primer periodo en el que la Corte conoce de acciones de inconstitucionalidad, convirtiéndose en un verdadero legislador negativo, lo que ha resultado en una mayor emisión de criterios con tintes políticos.

Es, asimismo, la primera etapa de la Corte en el México democrático, en el que ya no existe el Partido (y sobre todo el Presidente fuerte) que le presione al órgano jurisdiccional más importante del país para dictar resoluciones en uno u otro sentido.

En esta etapa, la Corte ha tenido un comportamiento oscilatorio: pasa del dictado de criterios progresistas al dictado de sentencias demasiado conservadoras; del enfrentamiento con los poderes fácticos, a la sumisión a ellos.

Son cinco los Ministros que ocuparon la Presidencia de la Corte en esta novena época: Aguinaco, Góngora, Azuela, Ortiz Mayagoitia y Silva Meza. De ellos, probablemente, sólo la actuación de Azuela en sus reuniones privadas en Los Pinos con el Presidente Fox para avalar el desafuero de Andrés Manuel López Obrador es reprochable.

La Corte ha emitido opiniones importantes, como en el caso Aguas Blancas, en el caso Oaxaca, en la despenalización del aborto en el Distrito Federal o la inconstitucionalidad de la llamada Ley Televisa.

También ha cometido errores garrafales: la negación de protección constitucional a Jorge Castañeda (error reconocido en el caso de candidaturas independientes en Yucatán), la falta de sanción en el caso Lydia Cacho, la reconducción presupuestaria promovida por Vicente Fox, y la reciente decisión (o no decisión) sobre la constitucionalidad de las leyes que penalizan el aborto en Baja California.

¿A qué se debe este vaivén de la Corte? Son cuatro los puntos que consideraré:

1. Su dependencia presupuestaria. Si bien la Corte ha ganado autonomía jurisdiccional, el presupuesto sigue siendo el Talón de Aquilés para la Corte en particular y para el Poder Judicial en general. Mientras no exista un criterio fijo que determine el porcentaje del PIB que se destinará al Poder Judicial, el Ejecutivo y el Legislativo seguirán teniendo un arma de manipulación –que no de contrapeso- que afecta a la Suprema Corte.

2. La partidización en los nombramientos de los Ministros. Es por todos sabido que los Ministros responden a los intereses de determinados partidos y, sobre todo, de determinados personajes. ¿Es esto evitable? Con el modelo actual de nombramiento de Ministros no lo es y a ello no ayuda la displicencia del Senado al momento de elegir a los Ministros, porque el proceso no se hace como un examen, como una verdadera fijación de postura, sino sólo como una comparecencia de 15 ó 20 minutos donde poco se puede saber de las cualidades y defectos del candidato a Ministro.

3. La calidad de los Ministros. Hay un mundo de diferencia (sin ofender) entre Margarita Luna Ramos y Juventino Castro o entre Pando y Góngora Pimentel. Podemos estar de acuerdo o no con las posturas de algunos Ministros (por ejemplo, nadie duda de la capacidad de Ortiz Mayagoitia, aunque sorprendan sus criterios), pero en la Corte han encontrado cabida personajes de “medio pelo”, a los que la toga les queda grande y esto es consecuencia de lo comentado en el punto anterior (porque a quienes los ponen les conviene tener “soldados” –por no decir títeres) y también se presenta por la incapacidad de esos Ministros (de “medio pelo”) de darse cuenta que su poder comienza el día en que se sientan en el Pleno de la Corte. A partir de ahí, poco importa quiénes les votaron para llegar al máximo tribunal. A partir de ahí pueden ser independientes. Es su pequeñez lo que les hace seguir atados.

4. A la endogamia del Poder Judicial. La Corte es la cúspide en la jerarquía del Poder Judicial y la endogamia que se vive en ese Poder tiene su reflejo en la Corte, la cual también responde (y es espejo) de los grupos familiares que dominan el Poder Judicial. Es una Corte que oscila porque le pueden presionar; porque tiene un expediente secreto: los Ministros influyen en nombramientos de jueces, de magistrados, tienen protegidos, tienen intereses en determinados asuntos.

Entonces, ¿hacia dónde va la Corte? Parece ser que la Corte se convertirá en un instrumento político más de los Partidos, si los cuatro aspectos mencionados no cambian de manera sustancial.

El rumbo de la Corte lo definen los Ministros y sólo de ellos depende que ese rumbo sea de autonomía. Si deciden un camino diferente, la décima época (iniciada el pasado martes) parece destinada a ser una época de vaivenes. Una época en la que la Corte será poderosa frente al Ejecutivo, al Legislativo y los poderes fácticos, pero que ese poder terminará cuando la presión les asfixie. En ese momento podrán elegir entre ceder a la presión o dar un golpe de mazo, que simbolice el Estado constitucional de derecho del que es guardián.

Todo depende de la Corte.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Un Cordero, un sacrificio

Algunos piensan que la pesadilla de Felipe Calderón de entregarle el poder al PRI es, en sí misma, el menor de los males que el Presidente decidiría en una coyuntura política que lo haga decidir entre preferir a la izquierda o al PRI al frente del Poder Ejecutivo.

Cordero sería, entonces, un instrumento de Calderón para negociar.

Probablemente esa tesis cobra más fuerza si se piensa en Ernesto Cordero como candidato. En principio, es complicado que Cordero gane la candidatura del PAN. Remontar a Creel y a Vázquez Mota puede no verse como una proeza, salvo si el candidato que trata de superarlos no transmite la confianza a su electorado, quien le ha etiquetado, además, como el candidato del Presidente (lo que en el PAN es asemejarse al peor de sus enemigos –el PRI). Cordero no transmite (algunos dicen que ni una gripe) y parece claro que el Presidente terminará apoyando a Josefina Vázquez Mota una vez que se dé cuenta (¡qué ciego!) que su candidato no levantará el vuelo ni con toda la maquinaria presidencial trabajando para él.

Obviamente, si la misión de Cordero parece difícil al interior del PAN, en una contienda oficial por la Presidencia de la República, sus posibilidades son aún menores, porque:

1. Es el candidato más cercano al Presidente y sus comentarios sobre la economía mexicana lo arrastran en el fango de la política. Es casi seguro que Calderón llegará al final de su gobierno con niveles de aprobación bajísimos y con un repudio casi general a su política de seguridad. Cordero es identificado como el delfín del Presidente y una persona cercana a Agustín Carstens (otro villano en este país), quien predijo un “catarrito” en el año 2008 y terminó estabilizando la economía después de una pulmonía mayor, pulmonía que se convirtió en verborrea del hoy Secretario de Hacienda.

2. Cordero carece de experiencia en las lides electorales y la población no lo conoce. Quien haya escuchado su retórica y sus intervenciones en las reuniones que celebra (y le celebran) gobernadores y presidente municipales, podrá constatar que Cordero no tiene la mínima idea de lo que es una campaña. Algunos quieren equiparar a Cordero con Calderón en el 2006, aduciendo que Cordero no es favorito (como no lo era Calderón), pero que la batalla es larga y los votos se cosechan día a día. Lo anterior sería cierto, salvo por el hecho de que Calderón, al momento de lanzar su candidatura, ya había sido candidato a Gobernador en Michoacán, líder de la bancada del PAN en la Cámara de Diputados, Presidente Nacional del PAN, Director de Banobras y se había “peleado” con Fox (también mal valorado) por querer impedir su candidatura presidencial. Esas credenciales, el hoy Secretario de Hacienda no las tiene ni de cerca. Cordero es un advenedizo. Se parece mucho más a López Portillo. Ambos Secretarios de Hacienda antes de lanzarse a buscar la Presidencia de la República y sin contar con historial electoral.

3. Porque se enfrentaría a Peña Nieto y López Obrador/Ebrard, que están mejor posicionados y parecen más preparados para luchar y ganar un debate y una campaña. A Cordero falta verlo en acción (electoral), pero es un hombre sin carisma, sin aplomo y con el estigma de que simboliza la continuación del calderonismo (del calderonato).

Ante este panorama, ¿Por qué el Presidente se empeña en impulsar a Cordero? La única razón lógica parece ser por la sumisión de éste hacia aquél. Pero ello no evitará que, ya sea en la elección interna del PAN, ya en la elección federal, Cordero sea el instrumento de sacrifico de Calderón para pactar con el(la) próximo(a) candidato(a) del PAN o jefe(a) del Ejecutivo. Pactará para favorecer sus intereses, que pasan, en primer lugar, por garantizar su impunidad.

La ceguera de Cordero le impide ver que su sacrificio es esperado y que el verdugo es quien hoy le alienta en su camino al matadero. Calderón anima a su delfín para llevarlo (en una ecuación casi imposible) a Los Pinos o para sacrificarle (un supuesto más realista) en el momento oportuno. Es el moño con el que cerrará un episodio oscuro en la historia de este país.

miércoles, 31 de agosto de 2011

El Presidente empecinado


Por casualidad encendí mi televisor justo al momento en que Felipe Calderón Hinojosa era entrevistado por Joaquín López Dóriga. Mi curiosidad por saber qué diría el Presidente en su canal de televisión favorito me hizo ponerle atención.

Me sorprendió el discurso del Presidente tan beligerante hacia los Estados Unidos. Coincido con él en que la industria armamentística americana está ávida de colocar sus productos entre el crimen organizado que opera en México y que el incontrolable consumo de drogas en Estados Unidos es igualmente una de las razones por las que la frontera mexicana es codiciada por los cárteles de droga para tratar de introducir sus productos a Estados Unidos.

Sin embargo, en el diagnóstico de Calderón, tal parecería que el hecho de que opere el crimen organizado en México, de forma tan violenta y con armamento tan sofisticado, tiene su causa –y su solución- en el vecino país. Y en eso el Presidente se equivoca, porque está siendo más priísta que el más recalcitrante de los tricolores. Su actitud y discurso recuerda los tiempos en que el régimen se legitimaba culpando al exterior. México era grande, rico, pero ellos, los gringos, no nos dejaban crecer, nos habían robado la mitad del territorio, se aprovechaban de su poderío económico y militar, nos habían invadido dos veces, habían ayudado a derrocar a Madero y conspiraban para que no creciéramos. Esa Historia Oficial (José Antonio Crespo dixit) aunque con matices de realidad, oculta en su trasfondo la responsabilidad del Estado mexicano en el acontecer de nuestra relación con los Estados Unidos.

Si los cárteles operan con una fuerza y violencia brutal en nuestro país y si están increíblemente armados, es también por la complacencia del Estado Mexicano, del cual Calderón es el Jefe. Es innegable que en México, si no estamos ante la presencia de un Estado fallido, mínimamente debemos decir que estamos en presencia de un Estado débil, corrupto hasta en el más mínimo de los actos de gobierno e incapaz de responder o prevenir los ataques del crimen organizado.

¿Quién debilitó al Estado? No sólo Calderón. Los regímenes priístas del último cuarto del siglo debilitaron al Estado mexicano, teniendo el cenit de ese debilitamiento (en su parte económica) en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Pero el hecho de que no sea sólo Calderón el culpable del debilitamiento del Estado en México, no quiere decir que su parte de culpa sea menor. Calderón ha jugado a la guerrita con una de las instituciones primordiales de cualquier Estado democrático fuerte, el ejército, y lo ha usado en funciones para las cuales no está capacitado. Calderón ha apostado al fortalecimiento de presencia militar en la frontera para aminorar los riesgos de la operación de los cárteles de drogas y es claro que esa estrategia ha fallado.

Ante ello, parece vacío ese llamamiento a la unidad que hace el Presidente, porque no dice en torno a qué quiere la unión, si en torno a mejorar las condiciones de vida en el país o en torno a su política de seguridad pública. Por supuesto que abrumadora mayoría de mexicanos estamos de acuerdo en unirnos para salvar al país del narcotráfico (y de la clase política que sangra una y otra vez al erario público) y mejorar nuestra calidad de vida. Pero si la unidad que quiere Calderón significa adherirse a su estrategia militar, hoy es claro que la mayoría no está de acuerdo en que con más soldados en la calle (sin preparación y peor armados que el crimen organizado) se podrá ganar una guerra que comenzó mal y continúa peor.

El Presidente se aferra a su guerra y a su estrategia. Le dijo a López Dóriga que está dispuesto a revisar su estrategia, aunque probablemente le faltó completar la frase: “cuando termine el sexenio”.

El Presidente se ha empecinado.

jueves, 18 de agosto de 2011

El PRI y Medianoche en París

La reciente película de Woody Allen, Medianoche en París, versa sobre la añoranza del pasado. El protagonista sueña con encuentros con Hemingway, FitzGerald, Sartre, Monet y compañía, y con los años gloriosos del París de principios del siglo XX.

Lo paradójico, mostrado con maestría por Allen, es la misma añoranza que esos personajes sentían, en el París de los años 20`s del siglo pasado, por el París del siglo XIX.

Allen muestra la constante inconformidad de la sociedad con su presente, incapaz de admirar los logros que ha alcanzado o reconocer su capacidad para lograrlos.

Añorar el pasado, como el personaje de la película de Allen, es un arma de dos filos: por una parte, puede ser el reconocimiento a los méritos de otras épocas; por otra, un desprecio ante la capacidad de razonamiento de la sociedad, una minusvaloración de su memoria y de su capacidad de acción, y también puede ser usado como instrumento política para mostrar que lo anterior era bueno, cuando en realidad no lo era.

En México, hay ciertos grupos políticos que toman el mismo argumento de la añoranza del pasado para alabar el ayer como época gloriosa en la que, al menos, la paz reinaba en este país. Quieren hacer ver que el México del PRI (es el grupo al que me referiré) fue mejor que el México del siglo XXI.

Obviamente que esto es discutible, por dos cuestiones:

1. Porque nos están remitiendo a un tiempo en el que el disfrute de las libertades civiles no era efectivo en este país. ¿El México del PRI no era sangriento? Probablemente no era tan sangriento como el México de Calderón, pero eso no significa que fuese mejor. El México del PRI era una México de desapariciones forzadas de personas como constante, y en el que la represión contra grupos estudiantiles (`68 y `71) y la falta de competencia político-electoral fueron botones de muestra de la intolerancia de un gobierno que se resquebrajaba con el cambio generacional. Era un régimen autoritario.

2. Porque el pasado al que nos remiten es un pasado en el que ellos mismos, a partir de la llegada de los tecnócratas al poder, desmantelaron al Estado mexicano. Si hoy el Estado mexicano es débil –fallido, según algunos- es también por el PRI que cedió en su momento a los intereses privados (y extranjeros) que permitieron el debilitamiento de un Estado en dos aspectos principales: a) económicamente –lo que en sí fue un mal endémico de los Estados occidentales a partir de la crisis petrolera de 1973 y 1982; y b) también políticamente, porque permitieron la consolidación de partidos políticos que son principalmente aristocráticos, que no recogen las necesidades ciudadanas, que no encauzan las aspiraciones políticas de la ciudadanía y que, mucho menos, tienen la intención de construir un Estado fuerte que les impida repartirse como hienas un presupuesto por el que salivan como el famoso perro de Pavlov (No es que la consolidación de partidos sea el problema, pero la de estos partidos sí lo es)

Con esto no quiero defender a los gobiernos panistas y mucho menos quiero mostrar las bondades –de dudosa existencia- de los gobiernos de este siglo. Sólo quiero dejar patente que el argumento priísta es insostenible.

Todo mundo tiene derecho a votar y a elegir su opción política preferida. Me parece estupendo que haya quienes crean que el PRI lo es; que le voten porque crean que es el proyecto correcto para este país es más que defendible. Pero lo indefendible es que lo hagan por su pasado, y que lo quieran hacer ver como la mejor opción “por lo que fue”.

El personaje principal de la película de Allen sueña con tertulias con Hemingway, Fitzgerald, Picasso, Monet y Dalí. Podemos discutir seriamente si el París de los años veinte del siglo pasado fue glorioso. Decir que el PRI de antaño es la mejor opción para el México de ahora, suena macabro y cínico.

domingo, 31 de julio de 2011

La izquierda: entre gurús y alianzas

El oficio más ejercido en México durante las últimas semanas entre periodistas y analistas políticos (algunos les llaman intelectuales) es el de “Gurú de la izquierda”. Entiéndase que han adoptado la estafeta de guías para señalar “el camino correcto” sobre el que debe andar la izquierda partidista de cara a alas elecciones del próximo año.

Hay varios aspectos que se deben tomar en cuenta:

a. Es curioso que esos gurús sean periodistas y analistas, en su mayoría, democratacristianos, socialdemócrtas o abiertamente de derecha. También suelen agruparse como “Gurús” de la izquierda ciertos personajes que simpatizan con las alianzas electorales y que son parte de la corriente que acapara la burocracia perredista y que son conocidos como “Los Chuchos”.

b. Lo que están tratando de realizar estos analistas es convencer que los lopezobradoristas están equivocados y que su movimiento sólo tendrá como resultado reafirmar su posición minoritaria y servirán de tapete para que el PRI regrese a Los Pinos.

c. Otro dato curioso es que hoy la derecha quiera aliarse con la izquierda. En su lógica aliancista, los seguidores de esa lógica tratan de justificar su posición aludiendo a que, en Estados como Oaxaca y Puebla, la alianza sirvió para derrotar al PRI por vez primera. Sólo que esa justificación serviría, en todo caso, en un escenario en el que haya que “sacar” al PRI de Los Pinos, no a una lógica en que haya que impedirles que regresen. Es decir, su lógica se vuelve banal, porque lo que quieren frenar es el arribo de alguien, a costa de unir lo que, en primera instancia, parece que no se puede unir para gobernar. Esta visión es preocupante porque reduce la democracia a las elecciones. Está anclada en la percepción de la democracia como la obtención del poder, más no en el ejercicio, porque si se valora el ejercicio del poder como parte de la política y la democracia, el PRD no debería cerrar los ojos y aliarse con el PAN. ¿Cómo justificar 12 años perdidos? El PAN quiere aliarse porque entiende que 12 años de ejercicio inútil del poder y candidatos débiles le auguran una derrota el próximo año.

d. El apoyo aliancista minusvalora el entendimiento del ciudadano sobre política y elecciones. Es válida (faltaba más) la existencia de gente que apoya las alianzas. Lo que no es lógico y objetivo es el fin para el que quieren aliarse. No están ofreciendo un proyecto. No están ofreciendo acabar con los 50 millones de pobres que hay en el país, en legislar de mejor forma a favor de los grupos vulnerables o en la creación de programas y sistemas que mejoren la vida de los mexicanos. Mucho menos nos dicen cómo quieren realizar ello. Lo único que ofrecen es una alianza contra el PRI y eso era válido hace 20 años, pero hoy suena ridículo. Si el PRI regresa a Los Pinos será, entre otras cosas, por la ayuda de las televisoras, la mercadotecnia ilegal a favor de su candidato, pero, sobre todo, por lo mal que el PAN ha gobernado los últimos los dos últimos sexenios. Si ello es así, entonces, ¿por qué aliarse con el PAN?.

e. De acuerdo a los aliancistas, el PRI no es nuevo -como presumen sus líderes- sino el mismo dinosaurio que gobernó el país de manera autoritaria. Muchos podemos estar de acuerdo, pero una alianza PAN-PRD ¿qué significa? ¿Son sólo antipriístas? Si su único fin es que el PRI no regrese a Los Pinos y tiene éxito, el problema vendrá el día siguiente a la elección ¿qué ofrecerán como gobierno? Esa es la cuestión que nos tiene que importar, porque es importante quien gane las elecciones, pero más importante es saber qué va a hacer con el poder. Y, hasta hoy, los aliancistas y los gurús que justifican esas alianzas no han dicho qué proponen y para qué quieren ganar en el 2012. Que nos digan algo más que una propuesta anti-priísta. Porque si de antipriísmo se trata, puede ser que la mayoría de habitantes de este país lo es. Pero la Historia nos ha enseñado en los últimos 11 años, que eso no es suficiente para que prospere esta Nación.

viernes, 8 de julio de 2011

ALIANZA DEL MIEDO

En nuestro país, a partir de los resultados del pasado domingo en el Estado de México, es un tópico que la izquierda debe “darse cuenta” de la necesidad de aliarse con la derecha para derrotar al PRI en los comicios del 2012, año en el que el otrora partidazo se prepara para regresar a la Presidencia de la República, con los mismos argumentos (antidemocráticos) de hace 3 décadas.

Distintas opiniones de políticos, periodistas y politólogos ven en Marcelo Ebrard a la persona que puede unir a la izquierda y a la derecha en nuestro país de cara al 2012. Muchos culpan a López Obrador –pero también a Alejandro Encinas- de su negativa a aliarse con el PAN y así ganar la elección para Gobernador en el Estado de México (se dice, el “laboratorio político” de la elección del próximo año). Refieren que aliados pudieron vencer al PRI y que sólo aliados podrán plantarle cara en la elección de julio de 2012.

En mi opinión, esas opiniones reflejan su visión anquilosada de la política mexicana: es la visión del México de los 70´s y 80´s, cuando las fuerzas políticas opositoras, sólo juntas (e incluso ni siquiera juntas) podían pelear con el PRI en términos más o menos parejos en una contienda electoral.

La visión de la “necesidad” de la alianza del PRD y el PAN para competir con el PRI se escuda bajo el argumento del pragmatismo político, en el que sugieren que sólo así podrán competir con el PRI y su maquinaria electoral. Pero se les olvida que a este país lo que le urge no es que la izquierda o la derecha gane elecciones y venzan al PRI, sino que haya un verdadero cambio en las políticas públicas. De nada servirá una derrota electoral del PRI (como en el 2000 y 2006), si no viene acompañada de un cambio en la visión de la clase política mexicana.

La cuestión es más profunda: ¿qué queremos hacer? ¿ganar elecciones al PRI? o ¿queremos un cambio político basado en las verdaderas necesidades del país y de los ciudadanos?

Si sólo se trata de ganar elecciones al PRI, la ecuación es más sencilla: con ganar votos a cualquier costo se obtendrá un resultado electoral favorable.

El problema esencial de esta visión reducida de la política es ¿qué se hace después de ganar al PRI? Me parece que es ahí donde la izquierda y el PAN son (en esencia) incompatibles en cuanto a la forma de atacar los problemas vitales de este país. Temas como políticas sociales (ayuda a desempleo), políticas en materia de salud pública (aborto, eutanasia, píldora del día siguiente), política en seguridad pública (el uso o no del ejército para atacar al crimen organizado y al narcotráfico), política económica y de competencia (el viejo dilema entre mayor gasto social o más ahorro, la apertura de medios), educación (mayor y mejor apoyo a la educación pública) son temas en los que los ciudadanos no merecen un goce parcial de los derechos fundamentales –que es en lo que se reflejan las políticas. Hay temas que la izquierda y la derecha son contrarias por su esencia y un punto medio a nadie satisface (y es difícil que se alcance). La pobreza del país es un ejemplo. Algunos ven el vaso medio lleno (somos una país de clase media –Castañeda dixit-) y otros lo ven medio vacío (los 40 millones de pobres). El punto de partida no es igual y las políticas públicas cambian.

Por eso, si bien no debe descartarse la alianza para derrotar a un enemigo electoral, la pregunta importante es ¿para qué aliarse? La alianza per se no puede centrarse en la derrota del enemigo y el triunfo aliancista durante una jornada electoral. La alianza debe ofrecer un proyecto y si el proyecto es que “el otro no gane”, esa alianza de poco servirá a la ciudadanía.

Por eso, quienes hablan de una necesidad de alianza para derrotar al PRI, están tomando como presupuestos cosas que no son compartidas por todos:

1. El determinismo de la victoria del PRI. A un año de que los mexicanos votemos por un nuevo Presidente de la República, los políticos, periodistas e intelectuales que apoyan la alianza dan como un hecho el desembarco del PRI. La crítica a esta posición no significa que cerremos los ojos ante una realidad: que el futuro candidato del PRI a la Presidencia tiene una ventaja considerable frente a los demás aspirantes, por su constante aparición en medios de comunicación. La visión determinista de la victoria del PRI tiene como fondo el respeto al antiguo régimen, a su maquinaria, a sus “cuadros”. Tiene como fondo la minimización de los proyectos, partidos, políticos y argumentos contrarios al partido tricolor.

2. La poca imaginación política. La democracia puede ser de mejor calidad, no sólo porque esté representada por más y mejores actores, sino porque los proyectos sobre los que se basan sus propuestas sean mejores. Si hoy el proyecto que ofrece una alternativa frente al PRI no está convenciendo al electorado, se puede deber a que el proyecto está equivocado conforme a las necesidades del electorado, el proyecto no se está difundiendo de forma correcta o quien encabeza el proyecto no es la persona adecuada. Así, la “necesidad de una alianza es sólo una opción (y entonces deja de ser necesaria) para llevar a cabo un proyecto.

Así, no existe tal necesidad de alianza, sino la necesidad de reflexionar, analizar y criticar tres cosas importantes: a) si el proyecto que se ofrece es el adecuado; b) si está correctamente transmitido; y c) si quienes lo encabezan son las personas correctas.

Ante ello, la necesidad de una alianza sería tal, únicamente, si sólo con la alianza se podría tener un mejor proyecto que se adapte a las necesidades del país, si se lograse transmitir de mejor forma ese proyecto y si así se tuviesen mejores abanderados.

Si la alianza del la derecha con el la izquierda en México ofrece respuesta positivas a esas interrogantes, habrá que tomarla en serio. De lo contrario, la alianza sería una ALIANZA DEL MIEDO, que pedirá un voto del miedo (que no regrese el “coco”) y se estarán repitiendo las mismas prácticas políticas que utilizó el PRI en la elección de 1994 (cuando Zedillo ganó basado en el voto del miedo al cambio). La alianza se basaría en el miedo al otro, no en una propuesta política. Y, entonces, tendríamos que aceptar que los últimos 3 sexenios de nada han servido en nuestra transición hacia la democracia.