viernes, 21 de mayo de 2010

EL DISCURSO Y ARLINGTON


EL DISCURSO Y ARLINGTON
Felipe Calderón Hinojosa vivió en días pasado momentos que le marcarán como presidente. Elocuentemente leyó un discurso cuidadoso y lleno de respeto hacia los demócratas en el Congreso de los Estados Unidos. También visitó el monumento al Soldado desconocido en Arlington, rindiendo honores y depositando una ofrenda floral.
Parecería cosa menor esto último, pero los simbolismos tienen significados importantes. En Arlington están las tumbas de muchos estadounidenses que invadieron nuestro país durante el siglo XIX. El periódico La Jornada lo tomaba como una seña de aceptación de las ofensas.
En el Congreso de los Estados Unidos, Calderón expresaba el rechazo explícito a la ley anti-inmigrante de Arizona y a la política de los Estados Unidos que cubre de armas la frontera norte mexicana y a la que calificó de culpable de parte de la inseguridad en México.
Varias cosas resaltan:
En principio, considero que Calderón nada malo hizo en ir a Arlington. El calificarlo de acto anti-patriótico, entreguista y demás, no es sino un resabio de la política anti-yanqui que muchas veces sirvió para legitimar al régimen priísta en México. En la política schmtitiana mexicana, nadie mejor que los vecinos del norte como enemigos culpables de nuestra desgracia. La visita a Arlington, por cierto, también podría verse como un homenaje a buena parte de los soldados norteamericanos caídos en la II Guerra Mundial. Pero esa lectura no se tiene en cuenta.
Por su parte, el discurso en el Congreso norteamericano fue valiente, crudo y lleno de verdades. Solo que, más allá del sentido patriótico que nos lleva a aplaudir las palabras de Calderón, lo cierto es que en poco servirá a las relaciones con los Estados Unidos. Quienes hoy critican a Calderón por haberse dirigido a los políticos americanos y haberles dicho un par de verdades se equivocan parcialmente. Calderón hablaba a favor de los intereses de los demócratas, pero en realidad su interlocutor era el público mexicano. Dijo lo que pronunció, no pensando en el aplauso de Biden o Pelosi, sino en el aplauso y la repercusión que ello tendría en México.
Calderón no ha hecho sino comportarse como estadista, pero es una lástima que su estrategia siga siendo fallida. Hoy ha ganado el aplauso del público mexicano, pero ha cerrado las puertas en Washington. Tampoco es una gran tragedia. Desde la época de Fox seguimos esperando la “enchilada completa” a la que se refería Jorge Castañeda y en el horizonte no hay visos de ella. Calderón se ha anotado una victoria, que, retóricamente, ha sido de gran calada, pero se ha quedado en eso: las palabras llenas de verdad que el viento del olvido se llevará.
Hoy, al menos, el Presidente se comportó como tal. Como representante de todos. Lástima que en ese “todos”, haya dejado de lado a los millones de mexicanos que residen en Estados unidos. Ellos seguramente aplauden la visita a Arlington; pero luego del discurso en el Capitolio, preguntarían: ¿y después, qué?

TIEMPO EXTRA
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viernes, 7 de mayo de 2010

¿DETERMINISMO?

¿DETERMINISMO?
Hay un tufo a desesperanza en la sociedad mexicana, que nos hace ver el futuro sombrío, sin lugar para cosas buenas y con la única esperanza de encontrar soluciones en cuestiones metafísicas, que poco ayudan a la realidad mexicana.
Creo que el país –y gran parte de la población- refleja su atraso en la manera determinista de pensar el ayer, el hoy y el mañana. Y ese determinismo, por desgracia, se ve reflejado en todos los aspectos: desde los personales, hasta lo político, lo social, lo cultural y un etcétera interminable. Un ejemplo: en un partido de fútbol, dos aficionados de los equipos que se enfrentaban, pedían a su Dios (que era el mismo), que su equipo ganara. Mi pregunta es: ¿A quién le hará caso su Dios? Acaso, ¿no será mejor atribuir méritos por victoria a los 11 que ganen o culpar a los 11 restantes de la derrota?
He oído infinidad de veces frases que van desde el determinismo astronómico (“Que el universo lo decida”), hasta argumentos religiosos (“Que sea lo que Dios quiera”), pasando por justificaciones geográficas (“Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”) que no hacen sino querer compadecer al país y sus habitantes de su desgracia futura y dejar “en manos” de circunstancias externas su futuro.
Encierra ello un conformismo bárbaro y un miedo a la acción. Es mucho más fácil echar la culpa (hoy y mañana) al Universo, a los astros, a Dios o al tiempo de nuestra desgracia presente y nuestra (probable) mala fortuna futura. Tal vez es muy aventurado decirlo, pero el hecho de que una inmensa mayoría de la población se considere católica-cristiana, PUEDE que sea una causa.
Pues bien, habrá que cambiar el chip. De seguir por el camino andado, pocas serán las posibilidades de éxito como país y como personas. El atraso no es menor: son más de doscientos años. Precisamente a raíz de las revoluciones burguesas del siglo XVIII se cambió la percepción y se pasó de un determinismo teológico y monárquico a un voluntarismo del individuo. El centro de imputación pasó a ser el hombre, el individuo.
Isaiah Berlin, uno de los grandes filósofos del siglo XX, reinterpretando a Kant, hablaba que no se es libre, si no se elije. Y es precisamente lo que le pasa al pueblo mexicano: no elije. Y ya sabemos que habrá argumentos (muchos de ellos válidos) de que los medios de comunicación, las élites empresariales, políticas y de gobierno, poco margen dejan para que el ciudadano de a pie elija. Pero también es cierto que ese mismo ciudadano poco elije cuando puede elegir.
El problema no es menor: es cultural, es social. Vivir 70 años bajo un régimen en el que expresarse libremente era casi impensable, ha dejado una secuela no menor en la población mexicana. La gente se acostumbró a esa “normalidad” autoritaria y ella se refleja en toda su vida. (Esto no quiere decir que todos nuestros males sean culpa del PRI, pero alguna relación seguramente tiene)
¿Y entonces? ¿Qué hacer ante un escenario como éste? Parece ser que un cambio radical debe comenzar con pequeños pasos. Muy bien le vendría a este país que la gente comience a hacerse responsable de sus actos. No de los grandes actos, sino de los pequeños, de las responsabilidades personales, de las responsabilidades en el trabajo. Que si se pasa un "alto", esté dispuesto a pagar la multa en lugar de sobornar al policía. Que si quiere ser médico, estudie medicina, en lugar de comprar un título falso. Que piense que el futuro depende de ellos (incluso aquellos que creen en Dios)
Todo parece indicar que el cambio no pasa por lo político, sino por lo personal. Atreverse y pensar en cambiar. Este país y sus habitantes tendrán que quitarse el miedo a actuar. Y también asumir sus responsabilidades. Empecemos por las pequeñas; esas que harán grandes cambios, que esperemos poder presenciar.