lunes, 28 de febrero de 2011

Los locos y los hipócritas

A Yely Castillo. En espera que la vida le sonría pronto




Los locos y los hipócritas


Fidel Castro y Hugo Chávez, además de autoritarios, se han mostrado faltos de tacto político, cortos de mira y poco afortunados en sus comentarios respecto de la revuelta social en Libia.
En lo particular, temía el momento en que las revoluciones árabes de este año alcanzaran Libia. Le comenté a alguien cercano: “Gadafi está loco”. Y los recientes acontecimientos no hacen sino confirmar mi sospecha.
Gadafi está loco de poder y Occidente ha jugado un papel vergonzoso desde hace un par de semanas. Por supuesto que era de esperarse la defensa que hizo Fidel Castro y Hugo Chávez respecto del régimen de Gadafi. Y también se esperaba que los países europeos, grandes aliados de Gadafi, así como Estados Unidos, tardaran en reaccionar, aunque no tan torpemente.
Los negocios de Occidente con Gadafi son la razón de la tardía respuesta: el riesgo de la pérdida de inversiones que hoy mantienen muchos países occidentales en Libia es también la razón última de que la reacción de Occidente fuese vergonzosamente tibia, después de que Gadafi enloqueciera (aún más) y “bombardeara” al pueblo libio que se manifestaba en las calles de Trípoli y aniquilara a cientos de ciudadanos libios.
El peligro que ahora corre la zona en conflicto es que se repitan sucesos como los sucedidos en los Balcanes en los años noventa. Nadie desea una nueva versión de Kosovo, ahora en Libia o Tunez, y los riesgos son latentes. La situación está fuera de control y cualquier cosa se puede esperar.
La cantidad de personas desplazadas a razón del conflicto es preocupante y, aún más alarmante es la actitud de Europa, que sólo ayer reaccionó, por su preocupación a la oleada de libios que se avecinan y tocan las puertas de sus socios (aunque ahora los nieguen).
Es por eso que a Fidel y Chávez se les puede calificar (justamente) de locos y políticos ineptos. Su carácter autoritario les hace apoyar a su par. Se ven en el espejo y ven en Gadafi a un yo, un similar, un hermano con le mismo gen, que pasa su peor momento.
Pero a Europa y Estados Unidos no se les puede sino calificar de hipócritas. Durante lustros han apoyado a un régimen dictatorial, el de Gadafi, y sólo ante la puesta en peligro de sus intereses y el temor de las oleadas de inmigrantes han reaccionado, con menos ahínco que el que mostraron para atacar Afganistán o Irak.
Hay un perdedor en todo esto: el pueblo libio, al igual que perdedor será el pueblo egipto o el tunecino, porque su libertad llegará (para elegir a sus gobernantes) hasta donde los intereses de Occidente se lo permitan.
En gran medida, es una reedición de la Segunda Posguerra. Es una libertad en apariencia. Una libertad de los antiguos. Una libertad que algunos locos (Fidel y Chávez) ven con recelo y otros hipócritas (UE y EEUU) otorgan como favor.

jueves, 10 de febrero de 2011

Me equivoqué

Javier Solórzano hacía un comentario muy atinado con el que se podría dar fin al conflicto entre Carmen Aristegui y MVS -por una supuesta transgresión del código de ética de la empresa por parte de la periodista-.
La solución que propone Solórzano es el reconocimiento de la empresa de su equívoco (en otras palabras, la misma solución propuesta por Aristegui)
Lo interesante de la reflexión del periodista mexicano es que afirma, creo que con razón, que en este país necesitamos más madurez para aceptar nuestros errores. Solórzano dice algo cierto: “un día malo, cualquiera lo tiene”. La empresa debería salir y restituir a Aristegui reconociendo que tuvo un error y con eso se zanjaría el asunto (al menos entre ellos)
El comentario de Solórzano me hizo recordar un texto de Diego Gambetta en el que describe la cultura del “claro”, muy arraigada entre los países latinos, resumida en dos axiomas: a) quien desconoce algo es un pendejo; b) nunca aceptar un error.
En su artículo, Gambetta reconoce que esa cultura del “claro”, conlleva a una necedad surgida de la idea de que 1) uno siempre tiene la razón; y 2) uno siempre tiene que opinar (y aún más: opinar correctamente).
Solórzano lo dice con otras palabras, pero en el fondo es coincidente con Gambetta, sólo que cuando habla de “este país”, bien podría sustituirse esa locución por “los ciudadanos de este país”.
Así, parafraseando a Solórzano y a Gambetta, los ciudadanos de este país tendríamos que:
a) reconocer nuestros errores
b) reconocer que todos tenemos días malos
c) reconocer que no siempre tenemos que opinar (y menos aún opinar correctamente)
d) reconocer que nadie es pendejo por desconocer algo
e) en resumen, reconocer que nuestro interlocutor puede tener la razón que a mí no me asiste.

Dejar de lado la cultura del “claro” no es sólo una ventaja científica o ideológica (el avance en estos planos es asombroso cuando el individuo se aparta de ella), sino se puede traducir en una mejora en nuestras relaciones políticas, sociales, económicas y culturales.
En el caso de Aristegui, MVS daría un ejemplo de humildad si reconoce su error. Empecinarse en él, confirma una cultura de la que tarde o temprano conviene alejarnos, porque nos impide crecer y retroalimentarnos. No hay obligación moral, filosófica, sociológica o política para saber de todo, opinar de todo y tener la razón en todo.
Un asunto tan complicado se puede resolver con dos sencillas palabras, que a los ciudadanos de este país nos conviene repetir, cuantas veces haga falta,: “Me equivoqué”.

Tiempo extra

Libro: “Mañana en la batalla piensa en mí” no sólo es una frase utilizada por Shakespeare en Ricardo III, sino es el título de un libro escrito con maestría por Javier Marías (Madrid: Anagrama, 1994), que le valió el premio Rómulo Gallegos del año 1995. La dualidad verdad/mentira, certeza/duda, existencia/inexistencia, recorre la novela. Una de las grandes obras de la literatura iberoamericana de los últimos 25 años.

martes, 8 de febrero de 2011

Aristegui y el México poco democrático

Carmen Aristegui, la periodista más importante, más escuchada y más reconocida del país, ha sido víctima de una maniobra poco democrática. Fue “echada” y le fue “arrebatado” el programa que conducía en MVS, por cuestionar el supuesto alcoholismo del Presidente de la República.
Sus detractores aprovecharon e hicieron una lectura sesgada del asunto: afirman que "se metió” en asuntos personales. Que a nadie importa, afirman, si el Presidente Calderón sufre de alcoholismo.
Por otra parte, el apoyo de una gran mayoría de radioescuchas, amigos, intelectuales y seguidores, no hace sino demostrar la percepción que circunda el ambiente: que la empresa fue presionada para que Carmen Aristegui dejara el cuadrante de MVS.
Si se escucha el audio, es claro que la periodista NUNCA afirmó que el Presidente es alcohólico. Lo que sí dio cuenta fue de una manta que expusieron algunos diputados el día jueves, en la que, ellos sí, afirmaban el alcoholismo del Presidente. Aristegui se dedicó a preguntar si era verdad o no que el Presidente era alcohólico, lo que, en todo caso, amerita -según Aristegui- una respuesta por parte de la Presidencia de la República.

Hay que distinguir tres cosas:
a. Lo público o privado del alcoholismo del Presidente. Nadie demanda un mandatario “santo”, impoluto o perfecto, pero parece necesario saber si el Presidente toma decisiones en sus cinco sentidos, porque, de lo contrario, si el Ejecutivo sufre de alcoholismo -una enfermedad-, la constitución misma prevé mecanismos (sus artículos 84 y 85) ante ello. Si el Presidente sufriese de alcoholismo, podría someterse a un tratamiento que, probablemente, le demandaría dejar provisionalmente el cargo, para lo cual la Carta Magna Mexicana prevé el nombramiento de un Presidente interino. Si bien esto es sólo un supuesto, lo que ejemplifica claramente es el carácter público que tiene la salud del Presidente. Felipe Calderón Hinojosa es libre de hacer muchas cosas, pero hay ciertos privilegios que dejó de lado al asumir el cargo de Presidente de la República. La salud del presidente es una cuestión pública (por ejemplo, nadie dudaría que los bolivianos tienen derecho a saber si Evo Morales será o no intervenido para extirparle un tumor)
b. La visión del alcoholismo como un estigma. La reacción de los puritanos hace perder de vista una realidad: el alcoholismo es una enfermedad que puede afectar a cualquiera, sea o no Presidente de la República. El cuestionar que se cuestione al Presidente, no es sino la asunción de una posición estigmatizadora.
c. El despido de Aristegui, en este contexto, parece injustificable. La empresa no debería castigar por el solo hecho de preguntar. Eso se llama censura y los periodistas que no lo reconozcan (o que no lo quieran reconocer) se están dando un balazo en el pie.

Finalmente, hay un hecho real: en este asunto perdemos todos, porque nuestra libertad de expresión se ve truncada si sólo se nos permite escuchar lo políticamente correcto (según la versión oficial).
No nos engañemos: a Aristegui la despidió MVS, sus detractores ríen, mucha gente la apoya pero, finalmente, es un signo de que este país tiene un largo trecho por recorrer para ser democrático.