El lunes pasado finalizó una de las etapas más importantes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La novena época llegó a su fin y con ella el primer periodo en el que la Corte conoce de acciones de inconstitucionalidad, convirtiéndose en un verdadero legislador negativo, lo que ha resultado en una mayor emisión de criterios con tintes políticos.
Es, asimismo, la primera etapa de la Corte en el México democrático, en el que ya no existe el Partido (y sobre todo el Presidente fuerte) que le presione al órgano jurisdiccional más importante del país para dictar resoluciones en uno u otro sentido.
En esta etapa, la Corte ha tenido un comportamiento oscilatorio: pasa del dictado de criterios progresistas al dictado de sentencias demasiado conservadoras; del enfrentamiento con los poderes fácticos, a la sumisión a ellos.
Son cinco los Ministros que ocuparon la Presidencia de la Corte en esta novena época: Aguinaco, Góngora, Azuela, Ortiz Mayagoitia y Silva Meza. De ellos, probablemente, sólo la actuación de Azuela en sus reuniones privadas en Los Pinos con el Presidente Fox para avalar el desafuero de Andrés Manuel López Obrador es reprochable.
La Corte ha emitido opiniones importantes, como en el caso Aguas Blancas, en el caso Oaxaca, en la despenalización del aborto en el Distrito Federal o la inconstitucionalidad de la llamada Ley Televisa.
También ha cometido errores garrafales: la negación de protección constitucional a Jorge Castañeda (error reconocido en el caso de candidaturas independientes en Yucatán), la falta de sanción en el caso Lydia Cacho, la reconducción presupuestaria promovida por Vicente Fox, y la reciente decisión (o no decisión) sobre la constitucionalidad de las leyes que penalizan el aborto en Baja California.
¿A qué se debe este vaivén de la Corte? Son cuatro los puntos que consideraré:
1. Su dependencia presupuestaria. Si bien la Corte ha ganado autonomía jurisdiccional, el presupuesto sigue siendo el Talón de Aquilés para la Corte en particular y para el Poder Judicial en general. Mientras no exista un criterio fijo que determine el porcentaje del PIB que se destinará al Poder Judicial, el Ejecutivo y el Legislativo seguirán teniendo un arma de manipulación –que no de contrapeso- que afecta a la Suprema Corte.
2. La partidización en los nombramientos de los Ministros. Es por todos sabido que los Ministros responden a los intereses de determinados partidos y, sobre todo, de determinados personajes. ¿Es esto evitable? Con el modelo actual de nombramiento de Ministros no lo es y a ello no ayuda la displicencia del Senado al momento de elegir a los Ministros, porque el proceso no se hace como un examen, como una verdadera fijación de postura, sino sólo como una comparecencia de 15 ó 20 minutos donde poco se puede saber de las cualidades y defectos del candidato a Ministro.
3. La calidad de los Ministros. Hay un mundo de diferencia (sin ofender) entre Margarita Luna Ramos y Juventino Castro o entre Pando y Góngora Pimentel. Podemos estar de acuerdo o no con las posturas de algunos Ministros (por ejemplo, nadie duda de la capacidad de Ortiz Mayagoitia, aunque sorprendan sus criterios), pero en la Corte han encontrado cabida personajes de “medio pelo”, a los que la toga les queda grande y esto es consecuencia de lo comentado en el punto anterior (porque a quienes los ponen les conviene tener “soldados” –por no decir títeres) y también se presenta por la incapacidad de esos Ministros (de “medio pelo”) de darse cuenta que su poder comienza el día en que se sientan en el Pleno de la Corte. A partir de ahí, poco importa quiénes les votaron para llegar al máximo tribunal. A partir de ahí pueden ser independientes. Es su pequeñez lo que les hace seguir atados.
4. A la endogamia del Poder Judicial. La Corte es la cúspide en la jerarquía del Poder Judicial y la endogamia que se vive en ese Poder tiene su reflejo en la Corte, la cual también responde (y es espejo) de los grupos familiares que dominan el Poder Judicial. Es una Corte que oscila porque le pueden presionar; porque tiene un expediente secreto: los Ministros influyen en nombramientos de jueces, de magistrados, tienen protegidos, tienen intereses en determinados asuntos.
Entonces, ¿hacia dónde va la Corte? Parece ser que la Corte se convertirá en un instrumento político más de los Partidos, si los cuatro aspectos mencionados no cambian de manera sustancial.
El rumbo de la Corte lo definen los Ministros y sólo de ellos depende que ese rumbo sea de autonomía. Si deciden un camino diferente, la décima época (iniciada el pasado martes) parece destinada a ser una época de vaivenes. Una época en la que la Corte será poderosa frente al Ejecutivo, al Legislativo y los poderes fácticos, pero que ese poder terminará cuando la presión les asfixie. En ese momento podrán elegir entre ceder a la presión o dar un golpe de mazo, que simbolice el Estado constitucional de derecho del que es guardián.
Todo depende de la Corte.
buena redacción y excelente crítica JMMM!.
ResponderEliminarGracias por leer. Saludos
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