En nuestro país, a partir de los resultados del pasado domingo en el Estado de México, es un tópico que la izquierda debe “darse cuenta” de la necesidad de aliarse con la derecha para derrotar al PRI en los comicios del 2012, año en el que el otrora partidazo se prepara para regresar a la Presidencia de la República, con los mismos argumentos (antidemocráticos) de hace 3 décadas.
Distintas opiniones de políticos, periodistas y politólogos ven en Marcelo Ebrard a la persona que puede unir a la izquierda y a la derecha en nuestro país de cara al 2012. Muchos culpan a López Obrador –pero también a Alejandro Encinas- de su negativa a aliarse con el PAN y así ganar la elección para Gobernador en el Estado de México (se dice, el “laboratorio político” de la elección del próximo año). Refieren que aliados pudieron vencer al PRI y que sólo aliados podrán plantarle cara en la elección de julio de 2012.
En mi opinión, esas opiniones reflejan su visión anquilosada de la política mexicana: es la visión del México de los 70´s y 80´s, cuando las fuerzas políticas opositoras, sólo juntas (e incluso ni siquiera juntas) podían pelear con el PRI en términos más o menos parejos en una contienda electoral.
La visión de la “necesidad” de la alianza del PRD y el PAN para competir con el PRI se escuda bajo el argumento del pragmatismo político, en el que sugieren que sólo así podrán competir con el PRI y su maquinaria electoral. Pero se les olvida que a este país lo que le urge no es que la izquierda o la derecha gane elecciones y venzan al PRI, sino que haya un verdadero cambio en las políticas públicas. De nada servirá una derrota electoral del PRI (como en el 2000 y 2006), si no viene acompañada de un cambio en la visión de la clase política mexicana.
La cuestión es más profunda: ¿qué queremos hacer? ¿ganar elecciones al PRI? o ¿queremos un cambio político basado en las verdaderas necesidades del país y de los ciudadanos?
Si sólo se trata de ganar elecciones al PRI, la ecuación es más sencilla: con ganar votos a cualquier costo se obtendrá un resultado electoral favorable.
El problema esencial de esta visión reducida de la política es ¿qué se hace después de ganar al PRI? Me parece que es ahí donde la izquierda y el PAN son (en esencia) incompatibles en cuanto a la forma de atacar los problemas vitales de este país. Temas como políticas sociales (ayuda a desempleo), políticas en materia de salud pública (aborto, eutanasia, píldora del día siguiente), política en seguridad pública (el uso o no del ejército para atacar al crimen organizado y al narcotráfico), política económica y de competencia (el viejo dilema entre mayor gasto social o más ahorro, la apertura de medios), educación (mayor y mejor apoyo a la educación pública) son temas en los que los ciudadanos no merecen un goce parcial de los derechos fundamentales –que es en lo que se reflejan las políticas. Hay temas que la izquierda y la derecha son contrarias por su esencia y un punto medio a nadie satisface (y es difícil que se alcance). La pobreza del país es un ejemplo. Algunos ven el vaso medio lleno (somos una país de clase media –Castañeda dixit-) y otros lo ven medio vacío (los 40 millones de pobres). El punto de partida no es igual y las políticas públicas cambian.
Por eso, si bien no debe descartarse la alianza para derrotar a un enemigo electoral, la pregunta importante es ¿para qué aliarse? La alianza per se no puede centrarse en la derrota del enemigo y el triunfo aliancista durante una jornada electoral. La alianza debe ofrecer un proyecto y si el proyecto es que “el otro no gane”, esa alianza de poco servirá a la ciudadanía.
Por eso, quienes hablan de una necesidad de alianza para derrotar al PRI, están tomando como presupuestos cosas que no son compartidas por todos:
1. El determinismo de la victoria del PRI. A un año de que los mexicanos votemos por un nuevo Presidente de la República, los políticos, periodistas e intelectuales que apoyan la alianza dan como un hecho el desembarco del PRI. La crítica a esta posición no significa que cerremos los ojos ante una realidad: que el futuro candidato del PRI a la Presidencia tiene una ventaja considerable frente a los demás aspirantes, por su constante aparición en medios de comunicación. La visión determinista de la victoria del PRI tiene como fondo el respeto al antiguo régimen, a su maquinaria, a sus “cuadros”. Tiene como fondo la minimización de los proyectos, partidos, políticos y argumentos contrarios al partido tricolor.
2. La poca imaginación política. La democracia puede ser de mejor calidad, no sólo porque esté representada por más y mejores actores, sino porque los proyectos sobre los que se basan sus propuestas sean mejores. Si hoy el proyecto que ofrece una alternativa frente al PRI no está convenciendo al electorado, se puede deber a que el proyecto está equivocado conforme a las necesidades del electorado, el proyecto no se está difundiendo de forma correcta o quien encabeza el proyecto no es la persona adecuada. Así, la “necesidad de una alianza es sólo una opción (y entonces deja de ser necesaria) para llevar a cabo un proyecto.
Así, no existe tal necesidad de alianza, sino la necesidad de reflexionar, analizar y criticar tres cosas importantes: a) si el proyecto que se ofrece es el adecuado; b) si está correctamente transmitido; y c) si quienes lo encabezan son las personas correctas.
Ante ello, la necesidad de una alianza sería tal, únicamente, si sólo con la alianza se podría tener un mejor proyecto que se adapte a las necesidades del país, si se lograse transmitir de mejor forma ese proyecto y si así se tuviesen mejores abanderados.
Si la alianza del la derecha con el la izquierda en México ofrece respuesta positivas a esas interrogantes, habrá que tomarla en serio. De lo contrario, la alianza sería una ALIANZA DEL MIEDO, que pedirá un voto del miedo (que no regrese el “coco”) y se estarán repitiendo las mismas prácticas políticas que utilizó el PRI en la elección de 1994 (cuando Zedillo ganó basado en el voto del miedo al cambio). La alianza se basaría en el miedo al otro, no en una propuesta política. Y, entonces, tendríamos que aceptar que los últimos 3 sexenios de nada han servido en nuestra transición hacia la democracia.
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