
Cuando en el año 2000 Vicente Fox Quesada ganó la Presidencia de la República en México, le preguntaron a Diego Fernández de Cevallos qué haría el PAN –una vez que se había dejado de ser oposición con el triunfo foxista- y respondió: seguiremos buscando ganar la Presidencia de la República. En la frase pronunciada por uno de los panistas más influyente de las últimas décadas, se podía encontrar cierto atisbo de esperanza de que la derecha (política y pensante) no participaba del todo en el desastre de gobierno que sufrimos los mexicanos del 2000 al 2006, en el cual la estupidez hacía gala de protagonismo en cada comentario pronunciado por Fox Quesada.
Con la llegada de Felipe Calderón en el año 2006 se podría esperar un mejor desempeño, ya que, ahora sí, el partido había apoyado al candidato y era el partido de la derecha el que ganaba las elecciones. Por primera vez, la derecha se sentía representada en el gobierno. Para ilusión de muchos, si la derecha iba a gobernar el país, era mejor una gente identificada plenamente con los valores e ideología del Partido Acción Nacional (los cuales respeto, aunque pueda discrepar de muchos de ellos).
Sin embargo, en política las circunstancias cuentan y Calderón se ha perdido en el constante pago de facturas del triunfo que le llevó a la Presidencia. Me explico: Calderón ganó la elección y los compromisos para lograr ese triunfo le han atado. Lo peor es que quienes le han maniatado son los grupos empresariales y, principalmente, las televisoras. Calderón necesitó –y necesita- del olvido de la elección de 2006 y las televisoras han hecho su trabajo. A cambio han recibido las iniciativas que les conceden mayores y mejores espacios para que unas cuantas manos sigan manejando los medios de comunicación en México (concesiones, prórroga de las mismas, leyes a su modo, etc.). Necesitaba y necesita que sus contrincantes al interior del PAN y de otros partidos políticos, no tengan cobertura por parte de los medios y las televisora, igualmente, se han hecho cargo de ello (Creel, Javier Corral y López Obrador, son algunos exponentes).
El otro gran compromiso de Calderón es de tipo político: lo adquirió con el PRI. EL PRI facilitó a Calderón su llegada a Los Pinos con su posición–que desde el punto de vista de un estadista no podría haber sido otra- y Calderón decidió correr el primer tramo de su gobierno al lado de los dinosaurios de siempre. Esperaba que las elecciones de 2009 le trajeran vientos a su favor, pero no fue así. El PRI se reforzó y se reafirmó la idea de que volverán en 2012 a la Presidencia de la República.
Es entonces cuando Calderón se da cuenta que el barco se le hunde. Si en principio pensó que la militarización de la lucha contra el narcotráfico le traería buenos dividendos, las elecciones federales de 2009 le devolvieron a la realidad, misma que día con día le restregaba en la cara que la estrategia estaba siendo errónea; le demostraba que hay una diferencia entre lucha y guerra y que Calderón confundió ambas. Ya lo he apuntado antes: en una guerra, por más cruenta que sea, no se acaba nunca con el adversario: siempre quedan resabios y siempre se negocia. El problema de Calderón es que si piensa que la lucha contra el narcotráfico es una guerra (y por eso utilizó al ejército), ¿con quién se sentará a negociar a final de dicha guerra?
Más allá de las diferencias semánticas –no por ello despreciables, pues en política la forma es fondo-, lo que quiero poner de relieve es que Calderón apostó a la lucha militarizada contra el narcotráfico como salida para legitimarse (mostrarse como estadista) y como trampolín para la segunda parte de su gobierno, esto es, para dejar de lado los dos compromisos (empresarial y político) que adoptó al inicio de su mandato. Para su desgracia –y la del país- ambas apuestas le salieron mal. El estigma de ilegítimo le sigue como sombra y la ciudadanía tampoco le dio la razón en las urnas a mitad de su mandato.
Y entonces se presentan las elecciones locales de 2010 y el Presidente Calderón da un giro a su política y olvida su alianza de facto con el priismo, para lanzarse a los brazos del partido de izquierda (la izquierda electoral) y experimentar alianzas que no tienen otra función que ganar o seguir en el poder. El poder por el poder. Y el resultado le ha significado al Presidente su mayor victoria política sobre los priístas, sus amigos y aliados durante 4 años y en gran parte sobre sus aliados televisivos, los que nunca vieron con buenos ojos su alianza con el PRD y que ordenaron a sus encuestadoras tratar de ocultar el avance de algunas candidaturas (en Puebla y Oaxaca, 10 días antes de la elección, las encuestadoras de las principales televisoras daban 10 puntos de ventaja a los candidatos priístas, los que fueron vencidos por más de 7 puntos)
Así, el Presidente entra a sus últimos dos años de gobierno con una sola misión en mente: que el PRI no regrese a Los Pinos (con Peña Nieto, según las encuestas). En ello, todo parece indicar que viviremos una última etapa del gobierno de Calderón con la misma tónica que la de su antecesor: en la búsqueda de conservación del poder.
Por ello recuerdo las palabras de Fernández de Cevallos y me pregunto: ¿cuándo llegó el PAN al gobierno? Si por el tipo de gobierno, los resultados y la forma de hacer política se trata, podríamos decir que entre Fox y Calderón hay ciertas diferencias, pero patrones comunes. El PAN, entonces, llegó al gobierno hace una década. Es un PAN que parece PRI, un PAN con compromisos que le atan hasta el punto de traicionar sus ideales y valores. Es un PAN que está más preocupado por ganar elecciones que por gobernar. Gobierna con desaseo, hace política sucia y decide pensando en el bolsillo de unos cuántos. Lástima que éste no sea el PAN de Gómez Morín y de Castillo Peraza (sus representantes ideológicamente). En cambio, es el PAN de Fox y Calderón. Y he ahí la enorme diferencia.
Con la llegada de Felipe Calderón en el año 2006 se podría esperar un mejor desempeño, ya que, ahora sí, el partido había apoyado al candidato y era el partido de la derecha el que ganaba las elecciones. Por primera vez, la derecha se sentía representada en el gobierno. Para ilusión de muchos, si la derecha iba a gobernar el país, era mejor una gente identificada plenamente con los valores e ideología del Partido Acción Nacional (los cuales respeto, aunque pueda discrepar de muchos de ellos).
Sin embargo, en política las circunstancias cuentan y Calderón se ha perdido en el constante pago de facturas del triunfo que le llevó a la Presidencia. Me explico: Calderón ganó la elección y los compromisos para lograr ese triunfo le han atado. Lo peor es que quienes le han maniatado son los grupos empresariales y, principalmente, las televisoras. Calderón necesitó –y necesita- del olvido de la elección de 2006 y las televisoras han hecho su trabajo. A cambio han recibido las iniciativas que les conceden mayores y mejores espacios para que unas cuantas manos sigan manejando los medios de comunicación en México (concesiones, prórroga de las mismas, leyes a su modo, etc.). Necesitaba y necesita que sus contrincantes al interior del PAN y de otros partidos políticos, no tengan cobertura por parte de los medios y las televisora, igualmente, se han hecho cargo de ello (Creel, Javier Corral y López Obrador, son algunos exponentes).
El otro gran compromiso de Calderón es de tipo político: lo adquirió con el PRI. EL PRI facilitó a Calderón su llegada a Los Pinos con su posición–que desde el punto de vista de un estadista no podría haber sido otra- y Calderón decidió correr el primer tramo de su gobierno al lado de los dinosaurios de siempre. Esperaba que las elecciones de 2009 le trajeran vientos a su favor, pero no fue así. El PRI se reforzó y se reafirmó la idea de que volverán en 2012 a la Presidencia de la República.
Es entonces cuando Calderón se da cuenta que el barco se le hunde. Si en principio pensó que la militarización de la lucha contra el narcotráfico le traería buenos dividendos, las elecciones federales de 2009 le devolvieron a la realidad, misma que día con día le restregaba en la cara que la estrategia estaba siendo errónea; le demostraba que hay una diferencia entre lucha y guerra y que Calderón confundió ambas. Ya lo he apuntado antes: en una guerra, por más cruenta que sea, no se acaba nunca con el adversario: siempre quedan resabios y siempre se negocia. El problema de Calderón es que si piensa que la lucha contra el narcotráfico es una guerra (y por eso utilizó al ejército), ¿con quién se sentará a negociar a final de dicha guerra?
Más allá de las diferencias semánticas –no por ello despreciables, pues en política la forma es fondo-, lo que quiero poner de relieve es que Calderón apostó a la lucha militarizada contra el narcotráfico como salida para legitimarse (mostrarse como estadista) y como trampolín para la segunda parte de su gobierno, esto es, para dejar de lado los dos compromisos (empresarial y político) que adoptó al inicio de su mandato. Para su desgracia –y la del país- ambas apuestas le salieron mal. El estigma de ilegítimo le sigue como sombra y la ciudadanía tampoco le dio la razón en las urnas a mitad de su mandato.
Y entonces se presentan las elecciones locales de 2010 y el Presidente Calderón da un giro a su política y olvida su alianza de facto con el priismo, para lanzarse a los brazos del partido de izquierda (la izquierda electoral) y experimentar alianzas que no tienen otra función que ganar o seguir en el poder. El poder por el poder. Y el resultado le ha significado al Presidente su mayor victoria política sobre los priístas, sus amigos y aliados durante 4 años y en gran parte sobre sus aliados televisivos, los que nunca vieron con buenos ojos su alianza con el PRD y que ordenaron a sus encuestadoras tratar de ocultar el avance de algunas candidaturas (en Puebla y Oaxaca, 10 días antes de la elección, las encuestadoras de las principales televisoras daban 10 puntos de ventaja a los candidatos priístas, los que fueron vencidos por más de 7 puntos)
Así, el Presidente entra a sus últimos dos años de gobierno con una sola misión en mente: que el PRI no regrese a Los Pinos (con Peña Nieto, según las encuestas). En ello, todo parece indicar que viviremos una última etapa del gobierno de Calderón con la misma tónica que la de su antecesor: en la búsqueda de conservación del poder.
Por ello recuerdo las palabras de Fernández de Cevallos y me pregunto: ¿cuándo llegó el PAN al gobierno? Si por el tipo de gobierno, los resultados y la forma de hacer política se trata, podríamos decir que entre Fox y Calderón hay ciertas diferencias, pero patrones comunes. El PAN, entonces, llegó al gobierno hace una década. Es un PAN que parece PRI, un PAN con compromisos que le atan hasta el punto de traicionar sus ideales y valores. Es un PAN que está más preocupado por ganar elecciones que por gobernar. Gobierna con desaseo, hace política sucia y decide pensando en el bolsillo de unos cuántos. Lástima que éste no sea el PAN de Gómez Morín y de Castillo Peraza (sus representantes ideológicamente). En cambio, es el PAN de Fox y Calderón. Y he ahí la enorme diferencia.
TIEMPO EXTRA
LIBRO: David Trueba escribió un libro que trata sobre la resignación, la esperanza y el conformismo. El libro recibió el Premio Nacional de la Crítica 2008. Saber perder (Barcelona: Anagrama, 2008) es una historia (mejor dicho, cuatro historias en una vida) de esperanza, fe, juventud, madurez y vejez. Cuatro historias que muestran la pequeña gran diferencia entre saber perder y no saber ganar.
WEB: http://jezebel.com/ es un sitio con contenidos variados de actualidad, moda, sexo y entretenimiento, enfocado a atraer la mirada y curiosidad, sobre todo, del público femenino.
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