domingo, 21 de marzo de 2010

RELIGIÓN. ¿PARA QUÉ?
Marx, en una de sus frases más conocidas, definió a la religión como el opio del pueblo. Pienso en ello cuando alguien me comenta la animadversión de cierto personaje contra la cienciología y demás religiones por estar “apartadas” de Dios.
La mayoría de las religiones –al menos de las que cuentan con más seguidores- tienen un patrón común: la esperanza de un mundo celestial en el que se hará “justicia”. Ellas mismas, siguiendo la imposición de la visión occidental de la historia, esperan la venida de un ser supremo que se encargará de hacer justicia, darle al pobre consuelo y al necesitado saciarle.
Pero, viéndolo fríamente, entre ellas son incompatibles. Si una tiene razón, parecería excluir a las demás. Todas ellas castigan el no creer en su Dios. Si eso es cierto, el riesgo es que la mayoría de la población no encontrará ese destino celestial y está condenada desde ahora. Si los cristianos tuviesen razón, los musulmanes, budistas y un etcétera considerable estarían en el error y viceversa.
El único camino para que esto no fuese así, sería que el Dios de los cristianos sea el mismo que el de los budistas, de los musulmanes, mahometanos y demás.
¿Se imaginan? Resultaría que el Dios por el que los israelíes someten a los palestinos, por el que los musulmanes odian a los occidentales, el Dios por el que los cristianos acabaron a los árabes es y será el mismo.
Se me ocurre otra solución: que no hay Dios. Que las atrocidades que se han hecho en su nombre, no han sido sino producto de una manipulación de hechos por parte del clero, de fanáticos religiosos, etcétera. Que se han inventado textos religiosos para justificar sus actos y que quien mata a otro, lo daña, le discrimina o le relega, no lo hace por su Dios, sino por su propia voluntad. Esta última opción me parece la más atractiva. Dejaría de lado cualquier intento de justificación moral de atrocidades. Sería reconocer que como seres humanos, hemos aprendido muchas cosas, pero que la incertidumbre de nuestro futuro lejano nos ha llevado a crear religiones, bajo cuyo manto se han cometido crueldades impensables. En otras palabras, que no hemos aprendido a tolerar la diferencia. Pero este sería precisamente un punto a partir del cual se podría comenzar a reconstruir nuestras relaciones.
Más allá de que haya o no Dios, la diferencia es de actitud. De nada sirve saber el Corán, la Biblia o cualquier otro texto religioso, guardar el domingo o sábado como día de dedicación a la deidad o acudir a los oficios religiosos. Todo ello queda de lado si al salir se hace la guerra, se mata, se discrimina o se critica al otro por ser de otra religión. Porque su Dios no es el mío o porque no la entiende como yo. En ese escenario –que es el actual- mejor sería que no hubiera Dios. Que el Dios sea el respeto y la tolerancia. Ese Dios sería menos malvado, que en el que hoy se cobijan tirios y troyanos.

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